EL CAPITOLIO HABANERO

Mucho antes de sostener el grandioso edificio del Capitolio Nacional, los terrenos en los que se ubica este edificio fueron una ciénaga, después un vertedero de residuos, más tarde un Jardín Botánico y años más tarde una estación central de ferrocarriles, traslada luego al sitio donde hoy se encuentra.

Estos cambios ocurrieron a la par del crecimiento de la ciudad en el tiempo, una vez derruidas buena parte de las murallas que la circundaban.

Con la elección a la presidencia de la República del General Gerardo Machado, en 1925, el nuevo mandatario quiso dotar al país de infraestructuras modernas, y acometió la construcción de la Carretera Central, que unió por lo más largo que ancho a casi toda la nación.

Pero sin lugar a dudas, la construcción de Capitolio fue un suceso también importante, con el cual el nuevo presidente quería dejar una huella para todos los tiempos y crear un ámbito constructivo monumental que pudiera albergar a la Conferencia Panamericana, que se efectuaría en La Habana en 1928.

La finalidad del edificio, similar al que existe en la capital de Estados Unidos, fue albergar la Cámara de Representantes y el Senado, función que culminó después del triunfo de la revolución, cuando paso a ser sede de la Academia de Ciencias de Cuba y del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.

En la construcción del Capitolio intervinieron numerosos arquitectos e ingenieros, tantos nacionales como extranjeros, así como una enorme cantidad de operarios de distintas disciplinas.

Es notable y singular la riqueza y variedad de los diversos materiales que fueron utilizados en esta construcción, entre ellas más de 50 tipos de mármoles, nacionales y extranjeros, que fueron utilizados en la pavimentación, así como en algunas de las esculturas, los bronces que integran los herrajes de las puertas, la diversidad de lámparas, candelabros, apliques y pinturas murales, así como el uso de la caoba, madera preciosa de singular dureza y hermosura, al igual que los vitrales.

Destaca de manera especial entre los elementos decorativos del interior del edificio la gran escultura que representa La República, elaborada en bronce y con una altura de 15 metros, y peso de 30 toneladas. En su tiempo fue la segunda más grande, bajo techo, en su tipo.

Habíamos dicho antes que entre los planes de creación de infraestructuras del Presidente Machado, estaba la construcción de una red de carreteras, básicas para el desarrollo económico del país, y entre ellas, de manera especial, la Carretera Central. El Capitolio sirvió también como punto cero de todas esas vías, y para marcar dicho punto se instalo un enorme diamante de 25 quilates, como metáfora de ese punto inicial. El diamante perteneció al último Zar ruso, Nicolás II y se dice que llegó a La Habana en las valijas de un joyero turco, que lo había adquirido en París. Parece parte de una novela de aventuras que esta piedra haya escapado del socialismo ruso y haya venido a parar, a la larga, al socialismo cubano. Y para más rocambolesca historia, el diamante fue robado de su sitio, a pesar de estar celosamente protegido por un cristal tallado, de muy sólida factura, el 25 de marzo de 1946 y apareció de manera misteriosa el 2 de Junio del año siguiente, sobre la mesa del entonces presidente cubano.

Entre los obreros que laboraron en la edificación estuvo, en su calidad de albañil azulejeador, el notable músico popular Ignacio Piñeiro, director del Septeto Nacional, y creador de inolvidables sones y boleros que, como el Capitolio, se mantiene a pesar del paso del tiempo.

Junto a la fortaleza del Morro, la Catedral y el paisaje romántico del Malecón, el Capitolio Nacional es uno de los símbolos de la parte vieja de la ciudad, visible por su gran cúpula desde distintos puntos de la geografía citadina, que invita al viajero a conocer su historia, monumentalidad y belleza.

Autor: Rodolfo de la Fuente

Editor: Héctor Danilo Pompa Dominique

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